martes, 8 de julio de 2014

Mujer, poeta, madre, esposa, maestra y amiga, la sonrisa es su atuendo caracteristico, las palabras sus compañeras fieles.

DOLORES CASTRO

"...la pobreza no es mala, la miseria sí. La pobreza le enseña a uno a valorar las cosas, a las personas. La dificultad también va haciendo crecer a la gente y a los hijos".


SEMBLANZA

Nació en Aguascalientes en 1923. Poeta, madre, esposa, maestra y amiga, Lolita, como la llaman muchos de los que la quieren, transforma con su trato el ambiente. La sonrisa es su atuendo característico, las palabras son sus compañeras fieles.

Estudió la licenciatura en derecho y la maestría en literatura española en la Universidad Nacional Autónoma de México y estudios de Estilistica e Historia del Arte en la Universidad de Madrid, de Lingüística y Literatura en la Asociación Nacional de Universidades e Institutos de Enseñanza Superior, y de Radio en el Instituto Latinoamericano de Comunicación Educativa. Fue fundadora de Radio UNAM y colaboró en la dirección de Difusión Cultural de la Universidad. Además, fue maestra fundadora de la ENEP Acatlán. Fue jefa de redacción en la revista Poesía de América, donde conoció a Cintio Vitier, José Lezama Lima, Fina García Marruz, Fernández Retamar y otros. También condujo el programa Poetas de México en el Canal 11 con Alejandro Avilés. Ha sido durante décadas maestra de muchas generaciones de poetas, a quienes nunca ha negado un prólogo, la presentación de un libro, una orientación o la generosidad y apoyo de su presencia en sus lecturas y diversas actividades culturales.

Formó también parte del grupo Ocho Poetas Mexicanos. Se les llamó así por la antología que reunió su obra, publicada por Alfonso Méndez Plancarte. El grupo estuvo integrado por Alejandro Avilés, quien entrevistó a todos para El Universal , Roberto Cabral del Hoyo, Javier Peñalosa, Honorato Ignacio Margaloni, Efrén Hernández, Octavio Novaro y Rosario Castellanos.

SU OBRA.

Su primer libro publicado fue El corazón transfigurado (1949). En la colección de Los epígrafes de Reyes Navares  publicó Siete poemas (1952) y Dos nocturnos. Entre su obra más reciente destacan Oleajes, IMC, El corazón y los confines, 2003; Dolores Castro, Anthologie Poetique, Índigo, París, Francia, 2003; ¿Qué es lo vivido? Obra poética Dolores Castro, del lirio, BUAP/UAZ, 2003; Íntimos huéspedes, ICA, 2004.

La poesía de Dolores Castro usa metáforas transparentes y casi coloquiales, que nos dan la impresión de hablar con una mujer cuya expresión natural es la poesía. Dolor y amor se expresan casi en abstracto en su obra. Sus temas recurrentes son el amor, el silencio, el dolor, la soledad y el deseo de vuelo. Ella misma expresa que sólo busca “las palabras necesarias, ni más ni menos, para hablar con amor a la verdad”

El esposo de Rosario Castellanos le pidió para publicar La tierra está sonando (1959), “mi primer libro del cual respondo, aunque le haría pequeñas correcciones”, dice. Es un conjunto de poemas breves con un hilo conductor común “el enfrentamiento a una realidad tangible y áspera. Son como pequeñas iluminaciones, vivencias de un sentido más profundo que encontré de pronto para mi vida”, explica la propia autora.
Los poemas de Cantares de vela (1960) “no quisieron ser poemas femeninos ni feministas, pero sí creo que tienen el sello de la vida de una mujer. No quisieron ser poemas femeninos porque escribir pretendiendo ser femenina es una coquetería inútil, porque una mujer escribe como mujer.”

Soles (1977) tiene tres partes. Una de ellas habla sobre vivencias inmediatas, y otra fue escrita tras los acontecimientos de 1968, como una búsqueda de aproximación a la realidad mexicana.

Además, es autora de los libros de poemas y antologías Qué es lo vivido (1980) el cuál obtuvo el Premio Nacional de Poesía Mazatlán 1980, Las palabras (1990), Poemas inéditos (1990), y No es el amor el vuelo (1995).


También escribió el ensayo Dimensión de la lengua y su función creativa, emotiva y esencial (1989) y es autora de la novela La ciudad y el viento (1962). Esta obra la empezó a escribir en 1954, tras su matrimonio con Javier Peñalosa, “Al final andaba jugando carreras: quién nacía primero, si la novela o el hijo, ya estaba a punto de dar el último grito y la última teclada.”

REFERENCIAS. 




viernes, 4 de julio de 2014

El escritor no siempre tiene conciencia de todos los recursos que emplea en el acto de escribir. La experiencia ayuda, pero la intuición creativa también. Después, se tiene la sorpresa de lo que ve el crítico y de lo que presienten los lectores y, entonces, la obra vuelve a nacer.



Esther Díaz Llanillo

Nació en La Habana (Cuba) en 1934. Estudió filosofía y letras en la Universidad de la Habana donde se doctoró en 1959 con una tesis sobre la obra literaria de Jorge Luis Borges, y obtuvo el premio Barreras con un ensayo sobre el arte de novelar de Hernández Catá. En su obra se destacan distintos temas: El de Dios, de la justicia, la relación de Dios con el hombre, la soledad y la muerte. También predominan cuentos que tratan de problemas subjetivos, psicológicos, de tipo fantástico, de humor negro etc. Los ámbitos que recrea son el espacio real de la biblioteca, la casa, la cocina que es un lugar accidental, una sala de conferencias etc. Muchas veces en estos espacios irrumpe lo insólito en lo cotidiano y los personajes se ven asediados por fuerzas amenazantes que los controlan. Esther Díaz Llanillo nos muestra protagonistas que se hallan atrapados en una atmósfera de angustia y desesperación. En otras circunstancias sus protagonistas forman parte de sucesos extraordinarios que cambian su rutina diaria. En 1999 la autora cubana publica el libro Cuentos antes y después del sueño. El texto se divide en dos partes: "Cuentos antes del sueño" (nueve relatos), fueron creados en su juventud y se publicaron con el título El castigo (La Habana, Ediciones R, 1966). Además aparecieron en algunas antologías y revistas. Los cuentos incluidos en la segunda sección, "Cuentos después del sueño" (quince relatos), son cuentos hechos con mucha imaginación que conservan el suspenso y la sorpresa de los primeros. Estos cuentos se escribieron aproximadamente a partir de 1990 y también han aparecido en antologías dentro y fuera de Cuba. Para Esther Díaz Llanillo, el sueño representa un espacio temporal de unos 30 años en que no publicó; no obstante algo escribió para ella misma.



http://spanport.byu.edu/faculty/GarciaM/new/entrevistas/diaz_esther.html

jueves, 3 de julio de 2014

Sue Grafton


Sue Taylor Grafton (Louisville, Kentucky, 24 de abril de 1940) es una escritora estadounidense, autora de novelas detectivescas.
Fecha de nacimiento: 24 de abril de 1940 (edad 74), Louisville, Kentucky, Estados Unidos
Cónyuge: Steve Humphrey
Educación: Universidad de Louisville
Premios: Premio Edgar Grand Master
Padres: C. W. Grafton, Vivian Harnsberger
Su obra más conocida es la serie de novelas de misterio cronológicas. Se conocen como "las novelas del alfabeto". Las historias tienen lugar en la ciudad ficticia de Santa Teresa, que se basa en la primera ciudad de residencia de la autora, Santa Barbara, California (Grafton eligió el nombre de Santa Teresa como homenaje al autor Ross Macdonald, que anteriormente usó este nombre como alternativa a Santa Bárbara en sus propias novelas).

Todas las novelas de la serie están escritas desde la perspectiva de una investigadora privada llamada Kinsey Millhone. Su primer libro de la serie es "A" is for Alibi, escrita en 1982, año en el que tiene lugar. La serie continúa con "B" is for Burglar, "C" is for Corpse, y así sigue con el alfabeto. El tiempo de la serie es más lento que el real, así, "Q" is for Quarry, por ejemplo, tiene lugar en 1987, aunque se ha escrito en 2002. "S" is for Silence, se publicó en diciembre de 2005.

Hija del novelista C. W. Grafton, Grafton se graduó en la Universidad de Louisville, donde obtuvo su título en Literatura inglesa. Además de sus libros, ha escrito para la televisión y para el cine. Algunas de estas obras son en colaboración con su marido, Steven Humphrey.

En 2004, Grafton recibió el Premio Literario Ross Macdonald, dado a "una escritora californiana cuya obra supera el estándar de la excelencia literaria".
Primeras novelas[editar]
Keziah Dane (1967)
The Lolly Madonna War (1969)
El Alfabeto del Crimen. Serie de Kinsey Millhone

N.º Título original Título en español Año
1º A is for Alibi A de adulterio 1982
2º B is for Burglar B de bestias 1985
3º C is for Corpse C de cadáver 1986
4º D is for Deadbeat D de deuda 1987
5º E is for Evidence E de evidencia 1988
6º F is for Fugitive F de fugitivo 1989
7º G is for Gumshoe G de guardaespaldas 1990
8º H is for Homicide H de homicidio 1991
9º I is for Innocent I de inocente 1992
10º J is for Judgment J de juicio 1993
11º K is for Killer K de Kinsey 1994
12º L is for Lawless L de ley 1995
13º M is for Malice M de maldad 1996
14º N is for Noose N de nudo 1998
15º O is for Outlaw O de odio 1999
16º P is for Peril P de peligro 2001
17º Q is for Quarry Q de quién 2002
18º R is for Ricochet R de rebelde 2004
19º S is for Silence S de silencio 2005
20º T is for Trespass T de trampa 2007
21º U is for Undertow U de ultimátum 2009
22º V is for Vengeance V de venganza 2011
23º W is for Wasted 2013

También ha publicado[editar]
Kinsey y yo (Kinsey and Me, 1992 y reedición en 2013), colección de relatos sobre Kinsey Millhone y algunos sobre su juventud y la madre de la autora.
The Lying Game (2003), un historia corta sobre Kinsey Millhone publicada por el 40º aniversario del catálogo Lands.

lunes, 30 de junio de 2014

Edna Ferber




"Si la política estadounidense está demasiado sucio para las mujeres a participar en, hay algo malo en la política estadounidense".
(Kalamazoo, 1887 - Nueva York, 1968) Escritora y dramaturga estadounidense. Edna Ferber, independiente y enérgica figura de feminista "avant la lettre", es autora de novelas y obras teatrales de tono sentimental y romántico, que no siempre acogió la crítica de forma favorable, pero que sí apreció el gran público. Después de una breve experiencia periodística, de la que extrajo valiosos motivos de inspiración para sus historias sobre la pequeña y media burguesía estadounidense, debutó en 1908 con la publicación de una serie de relatos centrados en el personaje de Mrs. McChesney, una ambiciosa mujer de negocios, que le valió una gran popularidad.

Sus raíces profundas en el Medio Oeste, el amor por su gente y por su tierra, son algunos de los elementos inspiradores de su narrativa, caracterizada por un lúcido análisis de las tensiones sociales y dominada por un aliento épico. Los grandes espacios le fascinan: extensiones naturales interminables sirven de fondo a una saga de pioneros de Oklahoma en Cimarron (1930), a un retrato amargo y corrosivo de la sociedad texana en Gigante (Giant, 1950), mientras que el escenario de la novela Ice Palace (1958), estoico duelo entre el hombre y la naturaleza, está constituido por los hielos y las montañas inaccesibles de Alaska.

El perfil feminista de su producción, que se manifiesta en el deseo de afirmación y autonomía de los personajes femeninos que creó, refleja los ideales que compartió la propia Edna Ferber durante toda su vida: Selina Peake es una madre tenaz, que se sacrifica por su hijo en So Big (Premio Pulitzer 1924), mientras que Magnolia Hawks Ravenal, abandonada por su marido, se resarce convirtiéndose en una cantante de éxito en un barco de vapor en Show Boat (Show Boat, 1926), una incisiva panorámica de las injusticias y del racismo del Sur, que le dio la máxima notoriedad y a partir del cual se extrajo una famosa comedia musical.

Las heroínas de Dawn O'Hara (1911), Fanny Herself (1917) y La exótica (Saratoga Trunk, 1941) son mujeres fuertes cuya personalidad posee asimismo rasgos típicamente masculinos: espíritu de iniciativa, amor por la libertad y confianza en sus propias fuerzas, mientras que los hombres que las acompañan suelen ser figuras débiles y negativas.

A partir de sus obras se realizaron célebres versiones cinematográficas, pero el mundo del espectáculo también se sirvió de la contribución de Edna Ferber a través de la producción con George S. Kaufman, de varias obras, entre las que destacan The Royal Family (1928), Cena a las ocho (Dinner at Eight, 1932), Stage Door (1936), así como de dos obras extraídas de su autobiografía, A Peculiar Treasure (1939) y A Kind of Magic (1963).

lunes, 23 de junio de 2014

VIVIAN ABENSHUSAN






La narradora y ensayista Vivian Abenshushan nació en 1972 en la Ciudad de México. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Ha colaborado en las revistas Letras libres, Paréntesis y Tierra Adentro. Ha sido becaria del programa Jóvenes Creadores del FONCA en dos ocasiones (1999 y 2001), en la categoría de ensayo, cuyo resultado fue el libro Una habitación desordenada, aún inédito, y en la categoría de cuento con el El clan de los insomnes, libro con el que obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2002, por “su buen uso del lenguaje y conocimiento de finos recursos narrativos, unidad de estilo y malicia literaria, entre otros atributos”.
Ha impartido los talleres “Del ensayo y sus alrededores” y “Taller de literatura portátil”, un proyecto itinerante en el que combina la creación literaria con las artes visuales.
Interesada en las correspondencias estéticas y el intercambio creativo con otras disciplinas ha colaborado con dramaturgos, guionistas, artistas plásticos y músicos a lo largo de su trayectoria.
Varios de sus ensayos han sido publicados en antologías como Ensayos y divertimentos y Antología de letras y dramaturgia.


Si el trabajo es salud, ¡que trabajen los enfermos!”. Vivian Abenshushan, narradora y ensayista, goza de una salud envidiable: no trabaja.
Aunque edita libros independientes, colabora en revistas, escribe ensayo y cuento, imparte talleres de escritura experimental y tiene un hijo, Vivian es una ociosa.
No responde el teléfono desde un cubículo con luz artificial ni se lleva la computadora cuando sale de vacaciones (“para trabajar viendo el mar”). ¿Horas extra? ¿Guardia el domingo? ¿Despertador? ¿Agenda? ¿Una aplicación que le recuerde a quién debe llamar? ¿Existe eso?
Vivian considera la obsesión por la productividad una degeneración del empleo y una compulsión malsana y autodestructiva que engulle a las personas. El trabajo como la serpiente que se traga a sí misma. Una historia de pendientes sin fin. Una cuenta interminable que pagar.
A los 25 años dejó la academia y a los 32 el trabajo forzado. Tuvo una epifanía callejera (vagabunda, como la vida del desocupado) cuando vio, en Buenos Aires, un esténcil del Señor Burns que decía “Mate a su jefe: ¡Renuncie!” (un eco ilustrado del “No trabajen nunca” que escribió Guy Debord en un muro cerca del Sena medio siglo antes). Lo que Vivian descubrió (o recordó, porque en la infancia todos ignorábamos los calendarios) se lee como un manifiesto y una confesión que cimbra en las dinámicas laborales actuales.

Hay otro pulso posible en contra del que parece ser el dogma de nuestra era: “olvídese de sí mismo, trabaje”. “La productividad es esclavitud bajo la apariencia de una dicha pasajera”, dice Vivian. “El trabajo es un purgatorio inútil que en las últimas décadas ha adoptado un abominable esquema leonino: horarios del siglo 19, subsueldos, impuntualidad en pagos, ningún contrato ni prestación social…”. Pero hay otras relaciones de valor. Una cadencia menos vertiginosa. El tiempo de la respiración (“respirar”, “inspiración” y “espíritu” derivan del mismo verbo en latín: spirare. El tiempo para respirar es entonces hermano del tiempo para inspirarse, del tiempo para el espíritu). Vivian recuperó ese tiempo, el que sirve para abrir muchos paréntesis (como en estos párrafos), para platicar, comentar, preguntarse que haré hoy. Para mirarse. Para mirarse y preguntarse. Para mirarse a uno mismo mientras escribe y repite frases. Releerse. Detenerse. Extenderse (como en este párrafo). Y parar.

Su reciente libro, Escritos para desocupados, que también incomoda a la industria editorial (se puede descargar completamente gratis desde escritosdesocupados.com con la venia de Sur+ Ediciones), se lee como el testimonio de una workoholica rehabilitada; un programa de reinserción social para ex reclusos del empleo mal pagado, de la jornada de 12 horas diarias, del patrón inhumano… un libro para dar la bienvenida a los que han mandado al diablo su infierno laboral.

He aquí una muestra de lo que puedes encontrar en escritosdesocupados.com:





El lector insumiso



No hay vicios más difíciles de erradicar que aquellos que popularmente se consideran como virtudes. Entre ellos, el vicio de la lectura es el principal.
Edith Warthon
De pronto toda la expectación fue a caer sobre el último lector. Solamente porque era el último. De otra forma nadie le habría prestado la menor atención. Lo mismo le sucedió a San Ambrosio cuando un día cerró la boca para leer. En medio del murmullo habitual de las celdas, su silencio fue estentóreo. Algunos condiscípulos le lanzaron miradas de horror; entre ellos San Agustín, que escribió sobre el hecho en medio de su propio escándalo. Los ojos de San Ambrosio recorrían las páginas, “pero su voz y su lengua descansaban”, y aquella lengua inmóvil revestía una importancia enorme para la historia posterior de la humanidad. Se acababa de conquistar la privacidad del lector y con ella nacían también los furores de la posesión, la lectura en lo oscurito. Pero eso era sólo el principio, porque leer así, digamos, egoístamente, en la intimidad, para sí mismo —pero sobre todo, fuera de la audición de los demás, sin censor, sin horarios, sin guía— amplió de inmediato las posibilidades de evasión y placer del lector silencioso. Leer se había convertido en una fuerza absorta. Frente a sus ojos aparecieron las estanterías prohibidas y se multiplicaron ad infinitum las posibilidades de la biblioteca. Podía leer cualquier cosa, a cualquier hora, en cualquier lugar. Y pronto aprendería a construir su refugio incluso en las condiciones más hostiles: oculto entre la multitud de los cafés o encerrado en el baño (el monasterio secular de la lectura), leyendo de pie en la librería ambulante del metro o aislado en su habitación. Una libertad conquistada de aquel modo, sin límites espaciales y con enormes facultades de maniobra e introspección, terminó por abrirle un formidable apetito. Así, el lector insaciable se precipitó durante siglos tras los libros.

¡Qué nostalgia siente el último lector por su intimidad perdida ahora que todo el mundo —los maestros, los padres de familia, los secretarios de Estado— le piden cuentas y se preocupan por él! Bajo la mirilla de una época iletrada, el lector ha dejado de ser un sibarita de las tapas duras, para convertirse en un prócer de las buenas conciencias. Es el último de su especie y sobre sus espaldas recae la continuidad de la cultura, es decir, de la civilización. Cuánta responsabilidad para un muchacho que sólo quería saber, una tarde en la que no tenía ganas de hacer la tarea, si Gregorio Samsa había vuelto a ser él mismo. Tumbado en su cama, el muchacho cruza de un lado a otro las páginas, lenta, perezosamente, deteniéndose en cada palabra. Se rasca la cabeza, se pedorrea, se siente feliz; nada le gusta más que estar solo. Sin embargo, desde hace algunos minutos alguien llama con insistencia a la puerta. Se trata de un encuestador. ¿Y qué quiere? Hacer algunas preguntas para el “Estudio sobre los Comportamientos de la Compra de Libros” en relación con variables como la estacionalidad (sic), los géneros literarios y la escolaridad, cuyos resultados serán de vital importancia para implementar el “Plan Quinquenal de Fomento a la Lectura”. El encuestador promete no quitarle mucho tiempo, esa materia tan preciada para el lector. ¿Le gusta leer? ¿Cuánto tiempo dedica diariamente a la lectura? ¿Compra usted libros para disfrute personal? ¿Cuántas páginas lee por minuto? Califique del 1 al 10 el libro que está leyendo en este momento… He aquí cómo el tiempo de la intimidad ha quedado oficialmente condenado a desaparecer bajo la tiranía del saber cuantificable. Ahora el lector debe acumular títulos y aprender técnicas de lectura rápida y abultar su currículo con bibliografía, porque de él ya no sólo depende el futuro del libro sino también la estabilidad macroeconómica y los índices de lectura impuestos por los organismos internacionales —¡si lees menos de veinte libros al año, nos dará un infarto! Ya lo sabemos: la información, a diferencia de la literatura, es regulada diariamente por relojes mecánicos que promueven lectores mecánicos y escritores mecánicos entregados compulsivamente a la recreación inmediata y coyuntural —vacía— de la realidad que alimenta al sistema.

El reino del juego, de lo gratuito, ha sido suplantado por el imperio del cálculo. ¡No divagues, no imagines, no tiendas puentes entre una cosa y otra: la lectura es una obligación moral que la reflexión crítica destruye! Y sobre todo: ¡No pierdas el tiempo! Así, los pensamientos del último lector —y qué bueno que sea el último, pues de eso se trata, de extinguirlo por completo— son coaccionados a seguir el ritmo del statu quo, un territorio controlado donde los políticos y los empresarios no dejan de admirar públicamente las virtudes de los libros, pero han proscrito para siempre las horas de ocio para leerlos.

El hábito de la lectura es tan bueno como el ejercicio diario, la sobriedad, la costumbre de madrugar. ¡Y previene el Alzheimer! En efecto, el lector nunca había sido tan ejemplar como cuando comenzó a desaparecer. Su epitafio podría decir sin ironía: “Fui un lector adicto, hasta que el vicio de la lectura se me convirtió en virtud”. Y si no, pensemos un momento en este hecho: justo cuando el adolescente, desparramado en la cama, comenzaba a disfrutar su primera novela, lo han convertido en héroe nacional. Levántate y lee. Qué monserga. El lector ha sido finalmente alcanzado por el Plan Quinquenal de Fomento a la Lectura. Toda pereza indecente ha quedado desterrada; lo mismo que la voracidad. Y ya nunca podrá exclamar con orgullo aquella frase de Charles Lamb: “A mí no me importaría ser sorprendido solo en los serios corredores de una catedral leyendo Cándido…”.

No es extraño que una mañana el lector torturado perdiera para siempre el apetito. No le interesaba ya nada, ni siquiera Salinger. Su deserción escandalizó a los maestros, a los académicos, a los escritores, a los intelectuales y a George Steiner quienes culparon de inmediato a la televisión, al iPod, a la prisa, al fin de las humanidades, a internet. Y sobrevino entonces la era detestable de los predicadores del libro, cientos de escritores bienpensantes dedicados a pregonar en todos los medios de comunicación los beneficios que reporta tener la nariz metida en los libreros —esa calistenia del espíritu imprescindible para sostener la conversación más banal— o la forma en que nos hacemos mejores personas por obra y milagro de la letra. El escenario parecía impensable: cientos de editores y maestros agradeciendo a toda esa buena gente de la tele que presta su imagen para ganar lectores, aunque en el fondo no les guste leer. Porque, según el dictamen de las editoriales corporativas que promueven a sus autores como si fueran payasos de circo, hoy ya nada gana lectores más que la tele. Que vengan los conductores de la barra matutina a contarnos un resumen del Quijote. Que Carlos Cuauhtémoc Sánchez adoctrine a los jóvenes con su moral reaccionaria. Eso es mejor que nada, dicen los maestros de secundaria sin temor a hundirse entre sus falsas premisas, eso es mejor que buscar inútilmente las perlas en el estercolero.

Tantas manos enlazadas alrededor del fuego perdurable del libro están haciendo un gran trabajo, están a punto de sofocarlo para siempre.

Hay algo si no perverso, por lo menos sospechoso en ese ingreso estelar de la literatura (antes la loca de la casa) a la sociedad del espectáculo. Es el momento de su domesticación final, alcanzando así el ideal de sus detractores: convertirse ella misma en simulación, representar el papel de institución inofensiva y respetable, santificada y obligatoria, una literatura llena de lugares comunes y buenas intenciones que ha declinado para siempre al peligro. La conversión del escritor en marca de prestigio para noticieros y secciones culturales, no hace más que consentir el triunfo de eso que Vila-Matas ha llamado “los enemigos de lo literario” (“pienso poner bombas mentales en todas las casas de todos esos canallas que están destruyendo la literatura, de todos esos hombres de negocios que editan libros, todos esos directores de departamento, líderes del mercado, equilibristas del marketing, licenciados de economía”) y que en otra ocasión Kundera describió como “las termitas de la reducción”, es decir, la forma en que los medios han sumido la cultura en una mediocridad estándar. No es que el escritor deba blasfemar en cadena nacional (oh, glorias de la autocensura), es tan sólo que se ha convertido en un títere elocuente del mismo poder que a veces critica.

Tal vez por eso, el lector simplemente ya no desea leer más. Con su renuncia quiere decirnos algo. Ha gritado que no, llevando al extremo la actitud radical que ha perdido la literatura, y le ha cerrado la puerta —quizá para siempre— a ese objeto rectangular que otros veneran como si fuera una urna. En su negativa se expresa un repudio, una desconfianza implícita a las convenciones más hipócritas que en las últimas décadas se han construido alrededor del libro, quitándole la fuerza crítica que lo hace respirar. Es probable que durante su infancia, el lector insumiso pasara de los libros al álbum de estampillas y de ahí a algún juego que se prolongaba hasta el anochecer, sin que hubiera fronteras entre una cosa y otra. El libro pertenecía a la misma esfera intemporal del juego donde ningún reloj daba la hora; volvía a empezar en cada lectura, abría puertas hacia regiones cada vez más vastas. Quizá con el paso de los años se habría convertido en un lector ávido, incluso extremo, insaciable, para quien la lectura nunca terminaría, porque continuaría en el libro siguiente, en el que estaría por descubrir. Pero ha ocurrido todo lo contrario: se ha vuelto un adolescente receloso, un antilector, que no desea domar sus zonas salvajes, aquella parte de sí mismo donde ha continuado siendo niño o artista. En el colegio, esa zona ha sido condenada al rincón de los reportes de lectura, los exámenes de opción múltiple, las fichas biográficas, nada. Y en la radio, los periodistas y los autores no hacen más que respaldar (¿sin darse cuenta?) el sentido del deber que defienden los políticos con su retórica vacía. ¡Seamos un país de lectores! Indócil, el joven se preguntará, como lo hizo hace más de un siglo Edith Wharton: “¿Por qué todos deberíamos ser lectores? No se espera que todos seamos músicos, pero sí que debamos leer…”. Y proclamará la negación de la lectura y será el bárbaro que escupe todas las tardes sobre los bigotes de Flaubert, del mismo modo que Flaubert escupía sobre los bigotes de los filisteos de su época…

Además de una provocación, el lector que ha dejado de leer plantea una paradoja: si ha abandonado la lectura en la adolescencia —del mismo modo que Rimbaud dejó la poesía—, ha sido sólo para recuperar su fuerza liberadora. Tiene ansias de vivir y está construyendo su autonomía. Por eso sus frustraciones con el libro, un aparato de tortura que ya sólo le produce aflicción, hablan más de nuestro fracaso —de nuestras imposturas— que del suyo. Su insumisión señala una derrota: los libros ya no le ofrecen refugio frente a la hostilidad del mundo, porque se han convertido ellos mismos en productos y réplicas de esa hostilidad. Los libros han sido domados. Ningún discurso oficial disipará esa desilusión; todo lo contrario: legitimará su radicalidad. Y el lector insumiso buscará otros caminos, será un nómada de la red y sus zonas autónomas, aún no confiscadas; escuchará a Radiohead, pasará la tarde en el cine. Y al final del día, serán las palabras de Thom Yorke o Kurt Cobain las que habrán alterado su conciencia con una fuerza mucho más inquietante y turbadora que todos los libros placebo que nos invitan a leer en los medios. Entonces no es el lector quien está siendo amenazado por las horas que dedica a bajar música de su computadora; es todo el sistema literario en pleno (es decir, los usos y costumbres de una comunidad reunida alrededor del libro, una comunidad históricamente seducida por los cantos de sirena, hambrienta de poder) el que ha entrado en una fase de adiestramiento y pasividad, plegándose dócilmente a los mecanismos que la dictadura de lo consumible ha impuesto sobre todas las esferas de la vida. El mercadeo inescrupuloso de la literatura promueve una lectura filistea y mecánica, una lectura inofensiva y lábil, que se escuda bajo el argumento de que vender cualquier libro es mejor que no vender ninguno.

En el siglo xviii, Gaetano Volpi, un librero de Padua, vivía torturado por una idea fija: el Mundo existe como una conspiración contra el Libro. Esa convicción paranoica lo llevó a tomar medidas de seguridad extremas en su biblioteca, como desterrar a los niños y prohibir la entrada a los ladrones. Más que dar a leer los numerosos volúmenes que poseía, su ideal era vigilarlos lo mejor posible. En 1756, publicó sus famosas Advertencias, un prontuario de instrucciones para proteger al Libro contra los cuatro elementos. Aunque imaginó todas las amenazas posibles, desde las gotas del aliento hasta las inundaciones y los terremotos, nunca pensó que el verdadero enemigo estaba en casa y era él mismo. Un día Volpi tuvo un ataque de melancolía, durante el cual imaginó, aterrorizado, el incendio de su biblioteca. Algunas horas después, en medio de su pesadumbre, rozó un libro con una vela por distracción. Había caído en la trampa de sus terrores imaginarios y pocas horas más tarde murió entre las llamas de su biblioteca.

Algo semejante ocurre en estos días en los que proliferan las escenas de pánico ante el desinterés de los lectores, la debacle de las librerías y la crisis editorial. Como Gaetano Volpi vivimos dominados por el terror a la conspiración contra el Libro sin sospechar que el asesino está en casa y somos nosotros mismos. Es decir: hemos elegido proteger los libros evitando que se lean. Nacido del miedo ante su desaparición, el deber leer es una respuesta histérica que sólo produce una fobia legítima en los lectores. En un prontuario contemporáneo sobre los peligros que acechan al libro, deberían figurar en primer lugar los programas oficiales de enseñanza de la literatura, junto con los resúmenes del Quijote y las lecturas obligatorias (¡y en una semana!) de Madame Bovary. Toda esa penosa esclavitud de la letra le hace más daño al futuro del libro que cinco horas de telenovelas. Cosa curiosa: la esclavitud de la letra promueve el mismo tipo de lectura ciega que alienta el mercado: una lectura veloz, superflua, que aleja al lector de su propio pensamiento (“no podemos pensar —escribió Connolly— si no tenemos tiempo de leer”).

Los libros son una pasión electiva, no un imperativo. Del mismo modo que a nadie se le puede obligar a soñar o amar, la intimidad con el libro, dice Daniel Pennac, no es algo que se pueda decretar ni promover a través del yugo. Desde cierta perspectiva, los libros, ya lo sabemos, no sirven para nada. La lectura es un acto libre, fortuito, a veces difícil. Tiene que ver con los estados de ánimo y las cosmogonías individuales, con el tipo de mundo que cada lector quiere ir creando para sí mismo. Por eso no hay forma de perpetuarla más que asumiendo su carácter impráctico e indócil. En contra de la santurronería de la lectura que hoy impera en los medios, el lector insumiso ha hecho su elección, defiende una posición, libera una zona del espíritu. Sabe que se encuentra ante las puertas de un incendio.






martes, 17 de junio de 2014

Ella se presenta así: "Mi nombre es Celerina Patricia Sánchez Santiago y soy de la comunidad de Mesón de Guadalupe, municipio de San Juan Mixtepec, distrito de Juxtlahuaca. Tengo que decir todo este nombre tan largo, porque hay dos municipios que se llaman igual, pero el otro está más al sur". Aunque tiene 20 años viviendo en el Distrito Federal, siempre regresa a la comunidad, porque sus papás y hermanos viven allá y "ese lazo, esa relación no me permite ser totalmente de la ciudad", dice, cuando le comento que ella es urbana y reafirma: "ese es un lazo, para mí, muy fuerte y significativo".


CELERINA SANCHEZ



 
Migró a la Ciudad de México para 
seguir estudiando, "pero ya cuando
 llegas a la ciudad pues no, no...Es
 que te enfrentas a un montón de
 cosas. Si bien es cierto que 
 en la ciudad se encuentran más
 oportunidades,el trabajo es muy malo,
 aunque aún así encuentras trabajo... 
 lo he comentado muchas veces: en la 
comunidad de qué vives 
-dice y se responde- sí,  de la cosecha 
-y continúa- pero si quieres estudiar
 no te da la vida, entonces hay que migrar.
Yo pensaba que en la ciudad podía seguir estudiando, pero no fue así. Hay muchas, pero muchas cosas, dentro de ellas la discriminación, el rechazo al ver tu forma de vestir, de hablar, todo se estigmatiza en la ciudad, entonces eso hizo que aunque quisiera seguir estudiando no pudiera lograrlo. O trabajaba o estudiaba, no había de otra. Seguí trabajando, y como siempre me gustó la poesía, por azares de la vida me empecé a juntar con una organización en la que se hacía teatro, poesía y era algo que me llenaba. Se llamaba Centro de Experimentación Teatral, pero ahora sí que no encontraba totalmente mi yo..." Viaja la memoria, cierra los ojos para que no se le escapen detalles, al fin ya son 20 años de viaje en el asfalto.

"Fueron pasando etapas de mi vida... conocí una organización que se dedicaba a trabajar la salud y hablaba del rescate de las tradiciones indígenas y eso me gustó mucho, creo que ahí fue donde de alguna manera me encontré, ya habían pasado años difíciles. Esa organización todavía existe, se llama Asociación Mexicana de Salud Popular. La vida te va jalando, encontré muchas cosas, gente que son de pueblos originarios y que viven aquí en el Distrito y vi que había mucha gente como yo y que estaban agrupados en diferentes organizaciones y empecé a participar con ellos.

"Una vez vi en el periódico que el gobierno del Distrito Federal convocaba a un taller de formación de traductores y dije: aquí tengo que estar yo. Y había mazatecos, triquis, wirráricas, 35 compañeros de diferentes comunidades y después de ese curso nace la Organización de Traductores en Lenguas Indígenas. Ahí trabajo por años hasta que surgen conflictos y renuncio. Decido estudiar, porque vi que podía crecer mucho más."

Para ese entonces Celerina ya había terminado la prepa. Hizo examen para ingresar a la UNAM y no lo pasó, entonces se presentó a la Escuela Nacional de Antropología e Historia y ahí empieza a estudiar lingüística, carrera que está terminando en este momento y que, en sus propias palabras, le ha servido "para trabajar con la palabra poética".

¿Te acuerdas de tu primer pensamiento poético?
"Me acuerdo que en mi pueblo impulsaban la poesía cuando estudié la primaria. Es que en Oaxaca se impulsa mucho la poesía, claro, no la poesía indígena... A la gente le da mucha risa, pero cuando tenía 15 años yo no sabía que era mixteca, yo sabía que era nivi ndavi, que significa gente pobre, y mi mamá me decía que nosotros veníamos de la gente de la lluvia. Entonces, cuando entré a la primaria, me hablaban de las grandes culturas, la griega, los fenicios y de paso los de Latinoamérica, los toltecas, olmecas, mixtecos, mexicas, las grandes culturas y qué fueron y dijeron e hicieron, pero jamás te identificas con esas culturas y ni por tu cerebro pasa que tú eres mixteca, y después me dije: a ver, espérate, ahí hay algo... y bueno, pues vas descubriendo que los otros te llaman mixteco y entonces dije: ¡ah! ¡Entonces por qué dicen que hace no sé cuántos miles de años se acabaron los mixtecos! Entonces me di cuenta que no era nivi ndavi, sino que era parte de esa gran cultura, aunque no sea de la misma manera por el tiempo que ha pasado, pero ¡yo soy mixteca! Y cambió el mundo para mí".

¿Cambió para bien?, tenía que preguntarle, e inmediatamente dijo:" para bien en un sentido, porque como que vas agarrando ese hilo y como que nada en el mundo ya te concuerda, nada de lo que te dicen, de lo que te han dicho concuerda y entonces nace la inquietud de saber quién eres, de buscar, pero también está lo otro, que te tienes que meter a un estado nacional, porque aunque la gente no lo crea, los indígenas no nos creemos ni mexicanos, de veras, nos creemos porque así nos han dicho: eres mexicano, mexicano, pero en realidad no te sientes parte de, porque el mismo Estado no te da nada para que seas parte, nada más si te quitas lo pobre, lo indígena, entonces sí eres mexicano, porque sabes español, eres civilizado, ¿en esos términos? Yo no quiero ser mexicana, cómo me dices como Estado eso si al final tú me rechazas. Cómo me quito mi origen, eso no se quita lavándose, entonces la patria, el himno, todo eso, se convierten en símbolos impuestos y además todo está en español, absolutamente todo.

"Pero bueno, estábamos hablando de la poesía en mi vida... Leíamos a Amado Nervo, Gabriela Mistral, Carmen Basurto, Sor Juana Inés de la Cruz, todos en español. Esa es la noción de poesía que nos daban. La gran pregunta de muchos es si existe una poesía indígena y yo digo ahora que sí, que claro que existe, pero como desde le escuela te van diciendo cómo es la poesía, entonces obviamente ves lo tuyo y pues no entra dentro del canon establecido. ¡Y ahora nos piden que escribamos poesía original de los pueblos indígenas! ¿Cómo chingados le hago, si toda la educación fue por otro lado?

"Nosotros estamos buscando esos propios estilos, propias formas... estás partida, estás involucrada en un mundo diferente y cómo le haces para decirte, ah, no, ahora eres así, eres parte de este mundo. Existe una poesía indígena porque hablamos las cuestiones de ofrenda, de pedimentos, de esa relación que hay con la naturaleza y que tampoco es facilito sacarla, porque aún no llegamos a acordar que hay que trabajar esos temas con determinados estilos, pero de todos modos esta es mi poesía, es la que no me han enseñado, la que es innata: si voy a pedir a la lluvia lo hago como nosotros lo hacemos, no como cuando vas a una iglesia, porque nosotros pensamos en seres sagrados. La poesía representa la relación con el sentido que da la vida, que es la naturaleza, pero no solamente es en el mundo indígena sino en diversas culturas, en esos elementos esenciales que es la vida misma, sin ellos no habría vida, dicen mis antepasados y las gentes que tienen esa relación directa con los seres naturales. Ahí radica la poesía, aunque después tenga que ser transformada para que sea leída como poesía.

"El ideal, el sueño es que un día se presenten trabajos sin ser transformados, ese es el reto, que pueda ser leída nuestra palabra tal como es".
 
 


















http://www.redindigena.net/mundoindigena/n1/pag16.html

lunes, 16 de junio de 2014

MARIANNE MOORE

Marianne Moore nació en Kirkwood, Misuri en la casa parroquial de la iglesia presbiteriana de la que su abuelo materno, John Riddle Warner, era pastor. Era hija de un inventor e ingeniero, John Milton Moore, y su esposa, Mary Warner. Creció en la casa de su abuelo, pues su padre había sido enviado a un hospital psiquiátrico antes de su nacimiento. En 1905, Moore comenzó a atender al "Bryn Mawr College", en Pensilvania y se graduó cuatro años después. Dio clases en la Carlisle Indian Industrial School en Carlisle, Pensilvania, hasta 1915, año en que comenzó a escribir poesía de forma profesional.

Carrera poética

Marianne Moore en 1935. Fotografía de George Platt Lynes.
Moore fue reconocida por autores tan diversos como Wallace Stevens,William Carlos WilliamsH.D.T. S. Eliot, o Ezra Pound quizá a raíz de sus viajes europeos antes de la Primera guerra mundial. Desde 1925 hasta 1929, Moore trabajó como editora del diario literario y cultural The Dial. Esto hizo que Moore tomara un papel similar al de Pound, descubriendo a nuevos poetas como Elizabeth BishopAllen GinsbergJohn Ashbery o James Merrill. Aparte de esta labor editorial, Moore retocó y editó sus propios trabajos anteriores.
En 1933 le fue otorgado un premio, el Helen Haire Levinson Prize, por la revista Poetry. Su colección de poemas, Collected Poems, de 1951, es quizá su obra más valorada y la que le hizo ganar el premio Pulitzer, el National Book Award, y el premio Bollingen. En los círculos literarios neoyorquinos Moore se convirtió en una celebridad menor, sirviendo en ocasiones como anfitriona a aquellos más prominentes. Moore atendía a combates de boxeo, partidos de baseball u otros eventos públicos vestida de una forma un tanto extravagante que acabó convirtiéndose en su sello personal: un sombrero tricornio y una capa negra. Moore era una entusiasta de los deportes y los deportístas, y admiraba especialmente a Muhammad Ali, con quien colaboró en su álbum recitado I Am the Greatest! escribiendo algunas líneas. Moore continuó publicando poemas en otros diarios, como The NationThe New Republic y Partisan Review, así como publicando varias obras y colecciones de poesía y crítica literaria. También mantuvo correspondencia con W.H. Auden y Ezra Pound mientras este último estuvo encarcelado.

Obra selecta

  • Poems, 1921. Publicado en Londres por H.D. sin el conocimiento de Moore.
  • Observations, 1924.
  • Selected Poems, 1935. Introducción de T. S. Eliot.
  • The Pangolin and Other Verse, 1936.
  • What Are Years, 1941.
  • Nevertheless, 1944.
  • A Face, 1949.
  • Collected Poems, 1951.
  • Fables of La Fontaine, 1954. Traducción.
  • Predilections: Literary Essays, 1955.
  • Idiosyncrasy and Technique, 1966.
  • Like a Bulwark, 1956.
  • O To Be a Dragon, 1959.
  • Idiosyncrasy and Technique, 1959.
  • The Marianne Moore Reader, 1961.
  • The Absentee: A Comedy in Four Acts, 1962. Dramatización de la novela de Maria Edgeworth.
  • Puss in Boots, The Sleeping Beauty and Cinderella, 1963. Adaptaciones de los cuentos de Perrault.
  • Dress and Kindred Subjects, 1965.
  • Poetry and Criticism, 1965.
  • Tell Me, Tell Me: Granite, Steel and Other Topics, 1966.
  • The Complete Poems, 1967.
  • The Accented Syllable, 1969.
  • Homage to Henry James, 1971. Ensayos de Moore, Edmund Wilson, etc.
  • The Complete Poems, 1981.
  • The Complete Prose, 1986.
  • The Selected Letters of Marianne Moore, editado por Bonnie Costello, Celested Goodridge y Cristann Miller. Knopf, 1997.



LA POESÍA

A mí también me disgusta, hay cosas que son importa-
    ntes, más que todo este violineo.
leyéndola, no obstante, Con perfecto desprecio por ella,
     se descubre que hay en
ella, después de todo, lugar para lo genuino.
          Manos que pueden agarrar, ojos
     que pueden dilatarse, pelo que puede erizarse,
     si debe; estas cosas son importantes, no porque una

altisonante interpretación pueda encajarse sobre ellas,
    sino porque son
útiles; cuando se vuelven derivativas hasta volverse
    ininteligibles,
la misma cosa puede decirse de todos nosotros que nos-
    otros
no admiramos lo que
no podemos entender; el vampiro,
colgado cabeza abajo o en busca de algo que
comer; los elefantes , empujando, un caballo salvaje,
    revolcándose; un incansable lobo, bajo
un árbol; el inconmovible críticio que sacude su
piel como  un caballo al sentir una pulga; el base-
bal-fan, el estadístico;
ni es válido
    hacer una discriminación contra "documentos comer-
ciales y textos escolares"; todos estos fenómenos son
    importantes. Debe hacer una distinción,
sin embargoo; cuando son arrastrados a prominencia por
    semipoetas, el resultado no es poesía,
    ni hasta que los poetas entre nosotros puedan ser
    "literalistas de
    la imaginación", por encima de
    insolencia y trivialidad, y puedan presentar


a inspección imaginarios jardines con verdaderos sapos
    en ellos, tendremos-
la. Entretanto, si pedís, por una parte,
la materia prima de la poesía en
    toda su crudeza
    la que es, por otra parte,
    genuna, entonces estáis interesados en la poesía.


TALISMAN

En un mástil quebrado
por el mar arrojado
    junto a la nave rota,
un pastor tropezó
y en la arena encontró
    una gaviota

de lapizlázuli, fino
amuleto marino
    con alones abiertos,

crispadas garras de coral
y pico en alto para saludar
    a los marineros muertos