martes, 15 de abril de 2014



Louisa May Alcott





Louisa May Alcott (Germantown, Pensilvania, 29 de noviembre de 1832 -Boston, 6 de marzo de 1888) fue una escritora estadounidense, reconocida por su famosa novela Mujercitas (1868).
Fue la hija del trascendentalista Amos Bronson Alcott y Abigail May. Creció y vivió en Nueva Inglaterra. A temprana edad comenzó a trabajar esporádicamente como maestra, costurera, institutriz y escritora; su primerlibro fue Flower Fables (1855), cuentos originalmente escritos para Ellen Emerson, hija de Ralph Waldo Emerson.
Su educación en los primeros años incluyó lecciones del naturalista Henry David Thoreau, pero principalmente estuvo en manos de su padre. Durante su adolescencia y principios de la edad adulta, Alcott compartió la pobreza y los ideales trascendentalistas de su familia. Posteriormente esta fase de su vida fue descrita en el relato «Transcendental Wild Oats», reimpreso en el volumen Silver Pitchers (1876), que narra las experiencias de su familia durante un experimento utopiano de «pleno vivir y elevado pensar» en «Fruitlands», en la ciudad de Harvard, Massachusetts en 1843.
En 1860 comenzó a escribir para la revista Atlantic Monthly, y fue enfermera en el Hospital de la Unión de Georgetown, Washington D. C., durante seis semanas entre 1862 y 1863. Sus cartas a casa, revisadas y publicadas en el Commonwealth, y recopiladas como Hospital Sketches(Escenas de la vida de un hospital) (1863, republicada con adiciones en 1869), demostraron un agudo poder de observación y crónica, además de una sana dosis de humor retrospectivo, ganándose su primer reconocimiento crítico. Su novela Moods (Estados de ánimo) (1864) también fue considerada prometedora.
Una parte menos conocida de su obra son las apasionadas y fogosas novelas y cuentos que escribió, usualmente bajo el seudónimo A. M. Barnard. Trabajos tales como A Long Fatal Love Chase y Pauline's Passion and Punishment son el tipo de novelas al que se refiere en Mujercitas como «peligrosas para pequeñas mentes» y fueron conocidas en la era Victoriana como «relatos melodramáticos» o «potboilers». Sus protagonistas son obstinados e implacables en la búsqueda de sus objetivos, que a menudo involucran venganza en aquellos que los han humillado o frustrado. Estos trabajos de excelente escritura con un punto de vista poco común alcanzaron inmediatamente el éxito comercial y aún son de frecuente lectura.
También produjo saludables y morales historias para niños, y con las excepciones del cuento semiautobiográfico Work(Trabajo) (1873) y la novela corta anónima A Modern Mephistopheles (Un Mefistófeles moderno) (1877), el cual produjo la sospecha de haber sido escrito por Julian Hawthorne. No retornó nunca a crear trabajos para adultos.
Su abrumador éxito data de la aparición de la primera parte de Little Women: or Meg, Jo, Beth and Amy (Mujercitas) (1868), relato semiautobiográfico de su niñez junto a sus hermanas en Concord, Massachusetts, lleno de un humor perenne, frescura, realismo, pero sobre todo de un bello romanticismo ligado a la naturaleza y a los valores tradicionales y del hogar.La segunda parte "Good Wives" ("Aquellas Mujercitas"), publicado en 1869, llevaría a sus protagonistas a la vida adulta y sus respectivos matrimonios. Más adelante, aparece Little Men (Hombrecitos) (1871) que trata de manera similar el carácter y la forma de ser de sus sobrinos que vivían en Orchard House en Concord, Massachusetts. Jo's Boys (Los muchachos de Jo) (1886) completó la «saga de la familia March». La mayoría de sus volúmenes posteriores, An Old-Fashioned Girl (Una chica a la antigua) (1870), Aunt Jo's Scrap Bag (La bolsa de retazos de la tía Jo) (6 vols., 1871-1879),Rose in Bloom (Rosa floreciendo) (1876), y otros, siguieron la línea de Mujercitas, de la cual el numeroso y leal público de la autora nunca se cansó, si bien sus obras posteriores tienen un carácter más moralizante.
Su labor natural de amor, su amplia generosidad, su veloz percepción y su cariño para compartir con sus lectores el alegre humor que radiaba de su personalidad y sus libros la llevó a continuar con sus historias a pesar de que su salud empeoraba. Al final sucumbió a las secuelas del envenenamiento por mercurio contraído durante su servicio en la Guerra Civil. Murió en Boston el 6 de marzo de 1888, el mismo día que su padre era enterrado. Es recordada por la intención moralizante de sus obras, la paz y el sereno humor que emana de ellas, su vivacidad y su romanticismo.
Mujercitas
Su obra más conocida, Mujercitas, ha sido llevada al cine en varias películas: una de ellas data del año 1949 dirigida porMervin LeRoy y protagonizada por June Allyson, Margaret O'Brien, Janet Leigh y Elizabeth Taylor.
Obras 
·         The Inheritance (1849, primera edición 1997)
·         Flower Fables (1849)
·         Hospital Sketches (1863)
·         The Rose Family: A Fairy Tale (1864)
·         Moods (1865, revised 1882)
·         Morning-Glories and Other Stories (1867)
·         The Mysterious Key and What It Opened (1867)
·         Little Women or Meg, Jo, Beth and Amy (1868)
·         Three Proverb Stories (incluye Kitty's Class Day, Aunt Kipp y Psyche's Art) (1868)
·         A Strange Island, (1868)
·         Part Second de Little Women, también conocida como Good Wives (1869)
·         Perilous Play, (1869)
·         An Old Fashioned Girl (1870)
·         Will's Wonder Book (1870)
·         Little Men: Life at Plumfield with Jo's Boys (1871)
·         Aunt Jo's Scrap-Bag (1872–1882)
·         Transcendental Wild Oats (1873)
·         Work: A Story of Experience (1873)
·         Eight Cousins or The Aunt-Hill (1875)
·         Beginning Again, Being a Continuation of Work (1875)
·         Silver Pitchers, and Independence: A Centennial Love Story (1876)
·         Rose in Bloom: A Sequel to Eight Cousins (1876)
·         A Modern Mephistopheles (1877, publicada en forma póstuma)
·         Under the Lilacs (1878)
·         Jack and Jill: A Village Story (1880)
·         The Candy Country (1885)
·         Jo's Boys and How They Turned Out: A Sequel to Little Men (1886)
·         Lulu's Library (1886–1889)
·         A Garland for Girls (1888)
·         Comic Tragedies (1893, publicada en forma póstuma)
Como A. M. Barnard
·         Behind a Mask, or a Woman's Power (1866)
·         The Abbot's Ghost, or Maurice Treherne's Temptation (1867)

·         A Long Fatal Love Chase (1866 – primera edición 1995)



















domingo, 13 de abril de 2014

Cuento: Especialmente los gatos - Doris Lessing

Me mudé a una casa en pleno territorio gatuno. Es un barrio de casas viejas con angostos jardines tapiados. Por nuestras ventanas traseras se divisan una docena de tapias en una dirección y otra docena de tapias en dirección contraria, de todos los tamaños y alturas. Árboles, hierba, arbustos. Hay un pequeño teatro con tejados a distintas alturas. Aquí los gatos están en su elemento. Siempre se les ve sobre las tapias, los tejados y en los jardines, llevando una complicada existencia secreta, como las vidas de los chavales de barrio, regidas por unas normas particulares e inimaginables que los adultos nunca aciertan a descubrir.
Sabía que acabaríamos teniendo un gato en casa. Tal como se sabe que si tu casa es demasiado grande al final llegará alguien a instalarse en ella, hay ciertas casas que no se conciben sin un gato. Durante algún tiempo espanté a diversos gatos que se acercaban a husmear, queriendo averiguar qué tipo de sitio era aquél.
Durante todo el espantoso invierno de 1962, un viejo macho blanco y negro estuvo paseándose por el jardín y el tejado que cubría el porche trasero. Se sentaba sobre la nieve medio derretida del tejado; iba de aquí para allá sobre la tierra helada; cuando abríamos la puerta trasera apenas un instante, lo encontrábamos plantado delante, mirando hacia el cálido interior. Era francamente feo, con un parche blanco sobre un ojo, una oreja desgarrada y la boca siempre medio abierta con la mandíbula caída. Pero no era un gato callejero. Tenía un buen hogar en esa misma calle y nadie parecía entender por qué no se quedaba allí.
Aquel invierno tuve ocasión de instruirme más sobre las asombrosas penalidades a las que se someten voluntariamente los ingleses.
Las casas de ese barrio londinense son en su mayoría de protección oficial y, al cabo de sólo una semana de frío, las cañerías se habían helado y habían reventado, dejando cortado el suministro. Nada se hizo por remediar la situación. Las autoridades abrieron una boca de riego en una esquina y durante varias semanas mis vecinas se dirigían allí provistas de jarras y latas, recorriendo en zapatillas las aceras cubiertas de fango helado para coger agua. Calzaban zapatillas para que no se les enfriasen los pies. En ningún momento se retiró el fango ni el hielo de las aceras. Las mujeres abrían el grifo, que se estropeó unas cuantas veces, y comentaban que llevaban una semana, dos... y hasta tres, cuatro y cinco semanas sin más agua caliente que la que hervían en la cocina. Como es natural, no había ni que pensar en darse un baño caliente. Cuando les preguntabas por qué no se quejaban, dado que, al fin y al cabo, estaban pagando un alquiler y también pagaban por el suministro de agua fría y caliente, respondían que el ayuntamiento ya estaba al tanto de la situación de las cañerías pero no había hecho nada al respecto. El ayuntamiento había señalado que estaban atravesando una racha de frío; y ellas convenían en que era un diagnóstico acertado. Hablaban con voz lúgubre, pero se sentían plenamente realizadas, tal como se siente esta nación cuando sufre las consecuencias de un cataclismo que podría haberse evitado con suma facilidad.
Un anciano, una mujer de mediana edad y un niño pequeño pasaron los días de aquel invierno en la tienda de la esquina. Allí las cámaras frigoríficas creaban un ambiente más gélido que el impuesto por los rigores de una temperatura inferior a los cero grados; la puerta estaba siempre abierta sobre la nieve acumulada en la calle. No había calefacción de ningún tipo. El anciano sufrió un ataque de pleuresía y estuvo hospitalizado un par de meses. Cada vez más debilitado, hubo de vender la tienda la primavera siguiente. El niño pasaba el día llorando de frío acurrucado sobre el suelo de cemento y recibía bofetones de su madre, quien, ataviada con un vestido de lana ligero, calcetines de hombre y un jersey fino, atendía desde detrás del mostrador comentando la horrible situación mientras las lágrimas y los mocos resbalaban por su rostro y los dedos se le cubrían de sabañones. Nuestro anciano vecino, que trabajaba de recadero en el mercado, resbaló en el hielo a la entrada de su casa, se lesionó la espalda y pasó varias semanas viviendo del subsidio de desempleo. En aquella casa con nueve o diez habitantes, incluidos dos niños, el único sistema para combatir el frío era una estufa con una sola resistencia eléctrica. Tres de ellos acabaron hospitalizados, uno con neumonía.
Entretanto las tuberías seguían reventadas y envueltas en melladas estalactitas, las aceras continuaban siendo pistas de patinaje, y las autoridades persistían en no hacer nada. Como es lógico, en los barrios de clase media la nieve se retiraba de las calles en cuanto caía y las autoridades atendían a los enardecidos ciudadanos que reclamaban sus derechos y amenazaban con demandar al ayuntamiento. En nuestro barrio, la gente sufrió los efectos de las nevadas hasta la llegada de la primavera.
Rodeados de seres humanos tan afectados por las inclemencias del invierno como los cavernícolas de hace diez mil años, las peculiaridades de un viejo gato que escogió un tejado helado para pasar la noche quedaron relegadas a un segundo plano.
Mediado aquel invierno, a unos amigos nuestros les ofrecieron una gatita. Era de una pareja amiga suya cuya gata siamesa se había quedado preñada de un gato callejero, unión de la que nacieron unos híbridos retoños que estaban regalando. El piso de nuestros amigos es minúsculo y ambos trabajan de sol a sol; pero se quedaron prendados de la gatita nada más verla. Durante el primer fin de semana la alimentaron a base de sopa de langosta de lata y de mousse de pollo, y sus noches de pareja muy bien avenida se vieron turbadas por el animalillo, que sólo podía dormir bajo la barbilla de H., el hombre, o al menos pegada a su cuerpo. S., la mujer, nos comunicó por teléfono que la minina le estaba arrebatando el afecto de su marido, tal y como le ocurre a la esposa del cuento de Colette. En lunes se fueron a trabajar dejando a la gatita en casa y, al regresar, la encontraron triste y llorosa después de haber pasado todo el día sola. Nos amenazaron con traérnosla. Y cumplieron su amenaza.
La gatita tenía seis semanas y era un animalito de cuento, encantador y delicado, cuyos genes siameses se revelaban en la forma de la cabeza, las orejas y el rabo, así como en su fina constitución. Tenía el lomo atigrado: por arriba y por detrás sólo se veían sus hermosas rayas grises y de color crema. Pero por delante y por abajo su pelaje era típicamente siamés, de un color dorado ahumado, ocre siamés, con franjas negras discontinuas en el cuello. Sus facciones estaban perfiladas en negro: finos anillos oscuros alrededor de los ojos, vistosas vetas oscuras en las mejillas, un morrito ocre y con la punta rosa rodeada de negro. Vista de frente cuando se sentó con las delgadas patas estiradas, era una criatura bella y exótica. Había tomado asiento en medio de nuestra alfombra amarilla, rodeada por cinco adoradores que no le inspiraban el menor miedo. Después echó a andar majestuosamente por el piso de arriba, lo inspeccionó centímetro a centímetro, se subió a mi cama, se deslizó bajo un pliegue de la sábana y allí se acomodó, sintiéndose en casa.
S. se marchó con H. diciendo:
—Os la hemos dejado muy a tiempo; habría terminado por perder a mi marido.
Y él se marchó refunfuñando y asegurando que no había sensación más exquisita que ser despertado por el delicado tacto de una lengüecita rosa en la cara.
La gatita bajó dando tumbos por los escalones, cada uno de los cuales doblaba su altura: primero las patas delanteras y luego, plof, las traseras; las delanteras y, plof, las traseras. Inspeccionó la planta baja, desdeñó la comida de lata que le ofrecimos y exigió a maullidos que le preparásemos un cajón con arena. Rechazó un cajón con serrín, mas con su melindrosa actitud nos dio a entender que estimaba aceptables los trozos de papel de periódico si no había nada mejor a mano. Y no lo había, dado que la tierra del jardín se había petrificado con el frío.
No estaba dispuesta a tomar comida de gatos enlatada. Por ahí no iba a pasar. Y yo no estaba dispuesta a alimentarla a base de sopa de langosta y pollo. La carne picada de vaca nos permitió llegar a un acuerdo.
Nuestra gata siempre ha sido tan exigente con la comida como un solterón amante de la buena mesa. Y ha ido empeorando con los años. Ya de pequeña demostraba su mal humor, su alegría o sus intenciones de enfurruñarse a través de lo que comía, lo que dejaba de comer y lo que comía a medias. Sus hábitos alimenticios constituyen un elocuente lenguaje.
Pero quizá su problema deriva de que la separaron demasiado pronto de su madre. Si los expertos en gatos me permiten una respetuosa sugerencia, les diría que tal vez se equivocan al afirmar que un gatito puede vivir sin su madre en cuanto cumple seis semanas. Nuestra gata tenía exactamente seis semanas, ni un día más, cuando la apartaron de su madre. Sus remilgos con respecto a la comida se basan en la hostilidad y desconfianza neuróticas que los alimentos inspiran a los niños que malcomen. Nuestra gata sabía que tenía que alimentarse, y se alimentaba, pero nunca ha disfrutado con la comida ni ha comido sólo por el placer de comer. Además comparte otras características con las personas que no han recibido suficiente cariño de sus madres. Ha conservado hasta el día de hoy la costumbre de meterse instintivamente bajo un periódico doblado, en una caja o en una cesta... o en cualquier cosa que le ofrezca abrigo, protección. Es más; es muy susceptible y se siente ofendida y se enfurruña por cualquier motivo. Y es tremendamente cobardica.
Los gatitos que viven con su madre hasta las siete u ocho semanas de edad comen sin problemas y tienen confianza en sí mismos. Pero, como es natural, no resultan tan interesantes.
De pequeña, nuestra gata nunca dormía fuera de una cama. Esperaba a que yo me hubiera acostado y entonces se paseaba por encima de mí, estudiando las posibilidades del terreno. Luego se metía bajo las sábanas y se colocaba a mis pies, o encima de mi hombro, o se deslizaba bajo la almohada. Si me movía demasiado, cambiaba malhumoradamente de sitio, haciéndome sentir su descontento.
Cuando hacía la cama, no le importaba que la dejara dentro; y le gustaba quedarse entre las mantas, formando un bultito visible, a veces durante horas y horas. Si acariciabas el bulto, ronroneaba y maullaba. Pero sólo la necesidad la impulsaba a salir de allí.
El bultito se desplazaba entonces hasta el borde de la cama y, allí, titubeaba un instante. Luego quizá se oyera un maullido desesperado mientras caía al suelo. Herida en su dignidad, se apresuraba a darse unos lametazos mirando airadamente con sus ojos ambarinos a los testigos, y ay de ellos si se les ocurría reírse. Después, consciente de sí misma hasta la punta del último pelo, se dirigía a ocupar el centro de la escena.
Había llegado el momento de comer con muchos remilgos y mohines. O el de utilizar su cajón de arena, todo un espectáculo de finura. O el de componer su ocre pelaje. O bien era el momento de jugar, si es que tenía público, pues de otro modo no le interesaba.
Era arrogante como una chica guapa sabedora de que su belleza es su única virtud; su cuerpo y su rostro en pose constante, siguiendo las indicaciones de un director de escena que parecía llevar dentro; y sus poses le valían como disfraz: no, no, si yo soy así, pechos provocativos, ojos huraños y amenazadores siempre pendientes de la admiración que trataba de despertar.
Tenía la gata esa edad a la que, si hubiera sido una jovencita, habría usado la ropa y el peinado como si fueran armas, segura, eso sí, de que en cualquier momento podía volver a ser la niña consentida de siempre al cansarse de su nuevo papel; se lucía y se pavoneaba por toda la casa, dejando que la mimasen, y después, fatigada y un tanto irascible, se ocultaba entre las hojas de un periódico o detrás de un almohadón y, desde allí, contemplaba el mundo a salvo.
Su gracia más lograda, a la que recurría sobre todo para que le hicieran caso, era tenderse de espaldas bajo un sofá y, clavando en él las garras, arrastrarse con rápidos y precisos impulsos, deteniéndose para ladear su elegante cabecita y, con los ambarinos ojos entornados, esperar que le llovieran elogios.
«¡Qué gatita tan guapa! ¡Animalito maravilloso! ¡Qué monada!» Entonces pasaba al siguiente número de la representación.
A veces se tumbaba boca arriba sobre una superficie adecuada como la alfombra amarilla o un almohadón azul y comenzaba a rodar sobre sí misma despacio, con las patas dobladas y la cabeza echada hacia atrás, exhibiendo el pecho y la tripa de color canela salpicados de tenues manchas oscuras, como las que adornan el pelaje de los leopardos, de los que parecía una refinada subespecie. «¡Gatita guapa, pero que guapísima eres!» Y estaba dispuesta a continuar rodando y rodando hasta que cesaran las alabanzas.
Otras veces se sentaba en el porche trasero; nunca sobre la mesa, que no tenía ningún adorno; escogía un banquito con tiestos de barro llenos de narcisos y jacintos. Y allí, entre los tallos coronados de flores azules y blancas, posaba hasta que reparaban en ella y la admiraban. Naturalmente, no era sólo nuestra admiración la que buscaba, sino también la del viejo gato reumático que, cual siniestro recordatorio de una vida mucho más dura, se paseaba por el jardín sobre la tierra todavía cubierta de escarcha. El gato divisaba tras los cristales a una hermosa gata adolescente. Al verlo, ella erguía la cabeza hacia un lado y hacia otro; arrancaba con los dientes un trocito de jacinto y lo tiraba al suelo; se lamía el pelaje al desgaire; después, lanzando hacia atrás una mirada insolente, saltaba al suelo y entraba en casa, ocultándose de su vista. Cuando subía por las escaleras en brazos o sobre el hombro de alguien, echaba un vistazo por la ventana y miraba al pobre animal, tan quieto que llegábamos a pensar que debía de haberse quedado tieso de frío. Luego lo veíamos asearse bajo el sol algo más cálido del mediodía y nos tranquilizábamos. Nuestra gata lo observaba a veces desde la ventana; mas para ella la vida aún no tenía más complicaciones que buscar una cama, un almohadón o una persona sobre la que acurrucarse.
Llegó la primavera, la puerta trasera se abrió y, a Dios gracias, la caja de arena se hizo innecesaria porque la gatita tomó posesión del jardín. Ya había cumplido los seis meses y, desde el punto de vista de la naturaleza, se había desarrollado por completo.
Era en aquel entonces un animal precioso, perfecto; aún más hermoso que aquella otra gata que, muchos años atrás, me llevó a jurar que nunca habría quien la igualara. Y, en realidad, seguía sin tener rival, pues la personalidad de aquella gata era puro tacto, delicadeza, cordialidad y elegancia... y por ello, como dicen los cuentos y los refranes, hubo de morir joven.
Nuestra gata, la princesa, era y sigue siendo preciosa, pero, se mire por donde se mire, es un animal egoísta.
Las tapias del jardín se llenaron de gatos. Primero ocupó su puesto el melancólico gato del invierno, rey de los jardines traseros. A continuación, el apuesto gato blanco y negro de los vecinos, que, a juzgar por su aspecto, debía de ser hijo del primero. Llegaron también un macho atigrado cubierto de cicatrices de viejas batallas y otro gris y blanco que nunca descendía de la tapia, tan seguro estaba de que saldría derrotado en cualquier pelea. Y por último un deslumbrante joven semejante a un tigre que despertaba a todas luces la admiración de nuestra gatita. Pero en vano; el viejo rey no había sido derrocado. Cuando la princesa salía a pasear con la cola muy tiesa, aparentando indiferencia hacia todos pero sin quitarle ojo al apuesto y joven tigre, éste saltaba de la tapia para acercarse a ella, pero bastaba que el gato del invierno cambiara de postura sin moverse de sitio para que el joven volviera a ponerse a salvo sobre la tapia. Y así transcurrieron varias semanas.
Entretanto, H. y S. venían a visitar a su perdida mascota. S. comentaba que era terriblemente injusto que la princesa no tuviera libertad de elección; y H. opinaba que las cosas eran tal y como debían ser: toda princesa ha de tener un rey, por muy viejo y feo que sea.
—Tiene tanta dignidad, tanta presencia —decía H.—, y al sobrellevar con nobleza el largo invierno, se ha ganado con creces a la guapa gatita.
Por entonces ya habíamos bautizado al gato feo con el nombre de Mefistófeles, aunque supimos que en su casa lo llamaban Billy. A nuestra gata le habíamos puesto diversos nombres sin que ninguno llegara a cuajar. Melisa y Franny; Marilyn y Safo; Circe, Ayesha y Suzette. Pero al hablar con ella, en nuestras charlas amorosas, maullaba, ronroneaba y arrullaba en respuesta a las sílabas arrastradas de adjetivos como «guaaapa», minina «preciooosa».
Un fin de semana muy caluroso, el único que recuerdo de aquel verano desagradable, la gatita se puso en celo.
H. y S. vinieron a comer con nosotros el domingo. Nos sentamos en el porche trasero a contemplar cómo la naturaleza obraba a su antojo. Sin plegarse a nuestros designios. Ni tampoco a los de nuestra gata.
Hacía ya un par de noches que nuestro jardín era un campo de batalla donde se libraban espeluznantes combates; los gatos aullaban, gritaban y gemían. Y, mientras tanto, sentada a los pies de mi cama, la minina gris escrutaba la oscuridad con las orejas enhiestas, agitadas, e iba comentando los acontecimientos con sutiles movimientos de la punta del rabo.
Aquel domingo sólo Mefistófeles estaba a la vista. La gatita gris se revolcaba con entusiasmo por todo el jardín. Se acercó a nosotros, rodó sobre sí misma alrededor de nuestros pies y los mordisqueó. Trepó a toda velocidad al árbol del fondo del jardín y bajó corriendo al suelo. Se revolcó, gritó, lanzó llamadas, provocó.
—Es la exhibición de lascivia más lamentable que he visto en la vida —dijo S. mirando a H., que continuaba enamorado de nuestra gata.
—Pobre gatita —replicó H.—. Si yo fuera Mefistófeles, no se me ocurriría tratarte tan mal.
—¡Qué asco, H.! —le acusó S.—, nadie me creería si lo contara. Si ya lo decía yo, eres un asqueroso.
—Conque ya lo decías tú, ¿eh? —repitió H., acariciando a la extática gata.
Era un día muy caluroso, bebimos mucho vino durante la comida y el juego amoroso prosiguió durante toda la tarde.
Al final, Mefistófeles bajó de la tapia y se dirigió hacia donde la gatita gris se contorsionaba y se revolcaba... pero, ¡ay!, desperdició la oportunidad.
—Dios mío —se lamentó H., que estaba sufriendo de verdad—. Eso es realmente imperdonable.
S. observaba angustiada los tormentos de nuestra gata y, una y otra vez, expresaba en voz alta y en tono dramático sus dudas con respecto a que el sexo valiera la pena.
—Mirad eso —decía—, igual que nosotros. Así somos nosotros.
—Nosotros no somos así en absoluto —replicaba H.—. Es Mefistófeles el que es así. Se merece que le peguen un buen tiro.
—Pégale un tiro ahora mismo —exclamamos todos—; o al menos enciérralo para darle una oportunidad al joven tigre de los vecinos.
Pero al apuesto gato joven no se le veía por ningún lado.
Continuamos bebiendo vino; el sol seguía brillando; nuestra princesa danzaba, rodaba, subía y bajaba del árbol y, cuando las cosas al fin se pusieron a punto, el viejo rey la montó una y otra vez.
—Aquí el único problema es —apuntó H.— que le saca demasiados años.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó S.—, voy a llevarte a casa ahora mismo. Si te quedas aquí, estoy convencida de que acabarás por hacerle el amor a la gata.
—Ojalá pudiera —dijo H.—. Qué animal tan exquisito, qué criatura tan maravillosa, qué princesa; ese gato no se la merece, me está poniendo enfermo.
Al día siguiente regresó el invierno; el jardín estaba húmedo y frío; la gata gris volvió a sus desdenes y a sus caprichos. Y el viejo rey se tumbó en la tapia del jardín bajo la persistente lluvia inglesa, todavía victorioso, a la espera.

Doris Lessing, premio nobel de literatura 2007

(Kermanshah, Irán, 1919 - Londres, 2013) Escritora inglesa. Nacida en Irán, donde su padre era capitán del ejército británico, en 1924 se estableció con su familia en Rhodesia del Sur (hoy Zimbabwe). Los primeros treinta años de su vida transcurrieron en Rhodesia. Allí la pequeña Doris vivió una infancia problemática, condicionada por el paisaje africano y la frustración de unos padres (sobre todo su madre) que no consiguieron realizar sus sueños.
 

Doris Lessing en 1956
 
Se educó en varias escuelas de Salisbury (Harare), pero abandonó los estudios a los catorce años y se casó dos veces: primero a los 19, con un funcionario al que dio dos hijos, y en segundo lugar, por conveniencia, con el exiliado alemán Gottfried Lessing en 1944, un camarada del partido comunista con quien tuvo otro hijo, el único que la acompañaría a Londres cuando partió definitivamente en 1949.
 
El contacto con África y el profundo amor que sintió por esta tierra constituyó la materia narrativa de algunas de sus novelas; el tema de la emancipación de la mujer abunda también en su obra de ficción. En 1950 ya había publicado Canta la hierba, una novela que tuvo buena acogida acerca de la vida en África, a través de la cual se opone a la política racial en años en los que el tema no era bien recibido en Inglaterra. Gracias a esa novela, y sobre todo a su tenacidad, consiguió abrirse camino en el mundillo literario londinense a lo largo de los años cincuenta, al tiempo que pasaba de manera fugaz por el partido comunista británico y consolidaba su imagen de firme detractora de la segregación racial en África del Sur.
En las cinco novelas que componen la serie Hijos de la violencia desarrolló la vida de la protagonista, Martha Quest, en el ámbito racial y social de Sudáfrica, sus esfuerzos para liberarse del círculo familiar, la disolución de su primer matrimonio (Un matrimonio convencional, 1954), su superación personal y su intervención en la política izquierdista de aquel continente, para regresar a Inglaterra en la última novela de la serie, en la que Martha Quest, ya de mediana edad, se ve envuelta en los acontecimientos sociales de su país. Las cinco novelas de este ciclo se titularon Martha Quest (1952), Un matrimonio convencional (1954), Vuelta al hogar (1957), Al final de la tormenta y La costumbre de amar (ambas de 1958).
Aparte de demostrar ser una notable autora de narraciones breves (como en el volumen Cuentos africanos, de 1951), Lessing también incursionó en el terreno de la fantasía como ángulo de observación de la condición humana, un género definido como "space or cosmic fiction". Conopus en Argos. Archivos (1979-83) es el título de este ciclo concebido bajo las leyes de aquel género y que comprende obras como The Marriages Between Zones Three, Four and Five (1980), The Sirian Experimente (1981), The Making of the Representative for Planet 8 (1982) y The Sentimental Agents in the Volyen Empire (1983). Con este ciclo rompe con el realismo tradicional y describe acontecimientos épicos y míticos de un universo ficticio.
 
El cuaderno dorado
 
Pero probablemente sea El cuaderno dorado (1962) la novela que más fama haya otorgado a Doris Lessing. El cuaderno dorado es un relato de sus experiencias colonialistas, sus relaciones con otras mujeres, su vida intelectual en los ambientes progresistas y marxistas de Salisbury y Londres, sus dificultades como novelista y su desencanto revolucionario, paralelo a la madurez y a la angustia ante la soledad.
 
 
Se trata sin duda de una de las piezas maestras de la literatura inglesa en lo que va de siglo, con su despiadado análisis de las actitudes políticas, de los tópicos y de los ritos de la vida británica tradicional. La trama, de un marcado cariz autobiográfico, gira en torno a tres temas clásicos: la necesidad de tomar un interés activo en temas políticos, la psicología de la mujer madura y el conflicto generacional.
 
Lessing estructura la obra en torno a una novela corta, Mujeres libres, protagonizada por Anna Wulf, que es a su vez quien redacta los cuatro cuadernos: negro, rojo, amarillo y azul, a través de los cuales va mostrando diversas parcelas de su realidad y que corresponden a diversos avatares biográficos. En la década de los 50, Anna Wulf, divorciada, reside en Londres con su hija Janet y su amiga Molly, asimismo divorciada y madre de un hijo, Tommy. Éste quedará ciego tras una tentativa de suicidio. Anna atraviesa una honda depresión, de la que le ayuda a salir la entrega a tareas sociales.
 
Los recuerdos de la prolongada residencia de Anna en África, que constituyen el tema de una novela que ha publicado con éxito, están recogidos en otro de los cuadernos, donde narra su acercamiento a los comunistas y su posterior decepción, así como los ecos de la Segunda Guerra Mundial tal como llegan a la remota colonia británica. Otro de los cuadernos, que completa esta visión calidoscópica de la compleja personalidad de Anna Wulf, contiene las reflexiones íntimas de ésta, sus visitas a una psiquiatra y sus fracasos amorosos. La obra ha sido considerada como la Biblia del feminismo y un clásico de la literatura de esa tendencia por su exploración de la identidad de la mujer y por abordar la crisis emocional y artística de la protagonista.
 
Sin embargo, la propia autora señaló que su propósito no era político, sino literario: "Cuando se es una escritora perteneciente a la tradición inglesa, una debe ser consciente y sentirse agradecida de un patrimonio que significa no tener que luchar como mujer para ser publicada y valorada. En Inglaterra las mujeres se han ganado la vida como escritoras desde hace siglos y, a veces, protestando con energía contra su destino. Mi agradecida conciencia de este patrimonio es la razón por la que suscribo la máxima de Virginia Woolf, según la cual las escritoras serán libres cuando, sentadas a escribir, no piensen si escriben o no como mujeres".
 

De su obra posterior cabe destacar Un hombre y dos mujeres (1963), La ciudad de las cuatro puertas (1968) o el Diario de una buena vecina (1984). En su novela La buena terrorista (1985), premio Mondello en 1987, puso de nuevo de relieve la dimensión dolorosa y dramática de una realidad contemporánea desde un punto de vista feminista. Entre las publicaciones de sus últimos años deben citarse El viento se lleva nuestras palabras (1987) y El quinto hijo (1988).
En la década de 1990 presentó dos volúmenes de memorias. El primero, Dentro de mí (1994), ocupa la época que van desde su nacimiento a su partida hacia Londres, tras sus veinticinco años desafortunados en la antigua colonia inglesa de Rodesia del Sur (Zimbabwe). Un paseo por la sombra (1997), segundo volumen de su autobiografía, empieza cuando la todavía aspirante a escritora contempla los muelles de Londres con su hijo Peter de la mano y el manuscrito de su primera novela, Canta la hierba, en la maleta. Concluye en 1962, año en que vio la luz el libro con el que casi siempre se la asocia: El cuaderno dorado.
 
El tercer volumen nunca llegó a ser publicado porque, tal y como afirmó Doris Lessing, para escribirlo hubiera tenido que traicionar la confianza de muchos amigos que aún vivían y pasaban entonces por serias dificultades; no descartaba hacerlo en forma de relato ficticio, pero tampoco fue el caso. Posteriormente aparecieron las novelas Mara y Dann: una aventura (1999) y El sueño más dulce (2002). En 2001 recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras y en 2007 el premio Nobel de Literatura.
 

jueves, 10 de abril de 2014

En el siguiente link podemos leer la primera parte de libro titulado "La fortaleza de las mujeres" traducida por Daniel Cazés y donde Cristine de Pisan reconoce a muchas mujeres de su época.

http://danielcazesmenache.wordpress.com/genero-y-demas-estudios-propuestas-y-reflexiones/christine-de-pizan-libro-1/


Christine de Pisan fue una de las tantas mujeres excepcionales que la Historia oficial suele olvidar. Se la considera la primera escritora profesional, pues luego de enviudar consiguió mantener a sus tres hijos, a su madre y a su sobrina gracias a sus propias obras.




Poeta, tratadista histórica y política del medioevo. Se enfrentó a los estereotipos misóginos de la época prevalecientes en el ámbito del arte. Fue la primera escritora profesional en Europa. Sus escritos innovadores, en los que hacía uso de técnicas retóricas, desafiaban a los escritores renombrados de la época como Jean de Meun, quien expresaba ideas misóginas en sus trabajos literarios.

En décadas recientes, el trabajo de Pisan ha recobrado su prominencia gracias a ciertos estudiosos que la consideran una feminista incipiente, por expresar con un lenguaje eficaz que la mujer podía tener un papel importante en la sociedad.

Cristina de Pisan nació en Venecia. Hija de un médico y profesor de astrología y consejero de la República de Venecia, quien poco después de su nacimiento fue nombrado astrólogo, alquimista y médico del rey por la corte de Carlos V de Francia. Fue en el entorno del Louvre donde Cristina satisfizo sus intereses intelectuales. Aprendió varios idiomas, leyó a los clásicos y estudió a los humanistas de comienzos del Renacimiento, al tener acceso a los manuscritos del archivo real de Carlos V.

Sin embargo, Cristina no expresó su autoridad como escritora hasta que enviudó, a los veinticuatro años, de Etienne du Castel, secretario real de la corte, con quien se casó a los quince años. Cristina tuvo tres hijos. Con la muerte de su marido debido a una epidemia, se encontró al frente de su familia y perseguida por numerosos acreedores que la instigaban a pagar las incontables deudas contraídas por Castel. Para hacer frente a las dificultades económicas Cristina se dedicó a escribir.

En 1393 escribía baladas de amor que llamaban la atención de los ricos mecenas de la corte, intrigados por esta novedosa escritora, a quien le pedían escribiera baladas sobre sus conquistas amorosas. Su producción literaria fue prolífica entre 1393 y 1412, cuando escribió más de trecientas baladas e innumerables poemas cortos.

En 1401, la participación de Cristina de Pisan en una trifulca literaria con varios pensadores de la época le permitió salir del ámbito de la corte, para establecerse como una escritora preocupada por la posición de la mujer en la sociedad. Durante estos años, Pisan dio origen a una disputa por cuestionar el mérito literario del renombrado Jean de Meun, quien en su famoso Romance de la rosa satiriza las convenciones del amor cortés, al mismo tiempo que retrata a la mujer como una simple seductora.

De Pisan se opuso al uso de términos vulgares en el poema alegórico de Meun, que denigraban la función natural de la sexualidad femenina. El centro del debate pasó de la capacidad literaria de Meun al descrédito de la mujer en los textos literarios, que según Cristina afectaba el vínculo entre las mujeres. La disputa ayudó a establecer a de Pisa como una intelectual capaz de defender sus opiniones en un ámbito literario de dominio masculino.

En 1409, Pisan había escrito sus obras más renombradas: El libro de la ciudad de las damas, El tesoro de la ciudad de las damas, y El libro de las tres virtudes.
El primero muestra la importancia de las contribuciones de la mujer a la sociedad. De Pisan crea una ciudad simbólica en la que la mujer es apreciada y defendida. El segundo intenta mostrarle a la mujer cómo cultivar cualidades útiles para contrarrestar la misoginia creciente. También hace hincapié en el efecto persuasivo del discurso femenino y sus acciones diarias. También explica que la mujer debe reconocer y promover su capacidad para ejercer la paz.

Finalmente, después de años de silencio, en 1429, a los sesenta y cinco años, Cristina de Pisan terminó su último libro La historia de Juana de Arco, un panegírico a la famosa líder francesa. En 1418, se retiró a la abadía de Poissy, donde vivió junto a su hija hasta su muerte a los 66 años aproximadamente.

Con el uso de figuras retóricas, de Pisan expresa una perspectiva completamente femenina. Con ella crea un foro para hablar de temas de importancia para la mujer, donde únicamente voces femeninas dan sus opiniones y ejemplos. De Pisan sostiene que los estereotipos femeninos sólo se dan en casos en que no se le permite a la mujer entrar en la conversación masculina.

De Pisan buscó la colaboración de otras mujeres en la creación de su trabajo. Menciona especialmente a una ilustradora conocida como Anastasia, a quien describe como una de las más talentosas de su época. 

Varios estudiosos de su retórica analizaron sus estrategias de persuasión y concluyeron que de Pisan creó una identidad retórica personal de gran utilidad para la mujer en general.

miércoles, 9 de abril de 2014

Una mujer realmente brillante

Curiosidades que desconoces sobre Mary Shelley


Mary Shelley, conocida principalmente por ser la escritora de una de las novelas de terror que más repercusión han tenido en la cultura popular y del cine, Frankenstein, fue también una gran escritora con una curiosa vida. Al igual que con el resto de artículos de esta serie, vamos a ver algunas curiosidades sobre su vida:

- Mary Shelley (Mary Wollstonecraft Godwin era su nombre de soltera) recibió una educación avanzada para una niña de su época. Aunque fuera una educación algo informal, su padre le instruyó en muchas materias. Mary estaba siempre en contacto con la biblioteca, además de que hablaba muy a menudo con un gran número de intelectuales que venían a visitar a la familia, entre los que se encontraban el escritor Samuel Taylor Coleridge y el vicepresidente estadounidense Aaron Burr. Además, tuvo una institutriz y una tutora, y leyó varios de los libros para niños de su padre sobre historia antigua de Roma y Grecia en su lengua original. Desde pequeña fue una chica muy inteligente y curiosa, con una forma de pensar libre y siempre dispuesta a seguir aprendiendo. Cuando tenía 15 años, su padre escribió sobre ella:

"[Mary] es singularmente valiente, un tanto imperiosa, y de mente abierta. Sus ansias de conocimiento son enormes, y su perseverancia en todo lo que hace es casi invencible"

- En esa misma época, su padre la envió a Escocia, para que viviera con la familia del radical William Baxter. El motivo de este viaje es desconocido (se cree que pueden ser motivos de salud, económicos, políticos...), pero lo cierto es que estos viajes fueron fundamentales para su vida. Entre otras cosas, Mary afirma haber obtenido la inspiración para su obra magna "Frankenstein o el Moderno Prometeo" en ese lugar:
"Imaginé este libro allí. Fue bajo los árboles que rodean la casa, o en las desiertas laderas de las montañas cercanas, en donde tuvieron lugar mis primeras ideas genuinas y los primeros vuelos de mi imaginación"


- Pero una consecuencia más importante aún de estos viajes a Escocia en la vida de Mary es que en ellos conocería a Percy Bysshe Shelley, su futuro esposo. Percy Shelley visitaba con frecuencia al padre de Mary por motivos económicos, con quien se acabó enfadando y peleando. Sin embargo, Mary y Percy se acabaron enamorando y empezaron a verse en secreto. Su padre, que no aprobaba esta relación, siempre se mostró reacio a que Mary se viera con Percy, por lo que los dos enamorados se escaparon secretamente a Francia y viajaron por toda Europa.

- Al volver a Inglaterra, las cosas no hicieron sino empeorar. Mary resultó estar embarazada, pero tanto ella como Percy vivían una situación económica realmente penosa. Además, el padre de Mary, que se sentía decepcionado por la escapada de su hija, se negó a prestarles dinero. Mary tuvo a su hijo en malas condiciones, y éste acabó muriendo muy pronto, causándole una gran depresión.

- A pesar de este bache en la vida de Mary, pronto se recuperaría con unas buenas noticias. El abuelo de Percy había muerto, dejando una herencia considerable para ellos y recuperando la economía de la pareja. Al mismo tiempo, Mary se vuelve a quedar embarazada y da a luz a un hijo sano llamado William.

El origen de Frankenstein: En cierta ocasión, la pareja pasó un verano con el poeta Lord Byron (escritor del que ya hablamos aquí). El clima del lugar donde estaban asentados era bastante malo, por lo que en ocasiones debían pasar varios días encerrados en casa. En uno de esos períodos de aislamiento, Lord Byron propuso que cada uno de ellos escribiera una historia de terror, como si fuera un concurso. Sin duda, la que más destacó fue Mary Shelley, con su novela Frankenstein o el Moderno Prometeo, que en un principio tenía pensado ser un relato corto.

- Con el tiempo, los Shelley acabaron convirtiéndose enuna familia "nómada" por así decirlo, ya que iban constantemente viajando por Europa, viviendo durante cortos períodos de tiempo en las casas de sus amigos escritores y filósofos.

- Uno de los lugares que en los que más tiempo pasaron fue Italia, donde tenía más libertad que en Inglaterra para expresar sus polémicas ideas políticas (por ejemplo, Mary era muy feminista, y así lo demuestran varios libros y ensayos suyos). Allí, Mary vio cómo morían varios hijos suyos, pero también alcanzó un gran momentos de creatividad literaria.

Percy Shelley murió en un accidente de navegación, hundiendo a Mary en una nueva depresión (como habréis adivinado, era muy propensa a deprimirse, pero tampoco se puede decir que tuviera suerte). Sin embargo, la carrera literaria de Mary no paró de crecer, sino más bien todo lo contrario, al mismo tiempo que ella empezaba a tener más romances (aunque nunca volvió a casarse).

- A la edad de 53 años, murió plagada de enfermedades una de las escritoras más importantes que ha dado la literatura.

- Por último, cabe destacar que Frankenstein ha tapado en cierto modo el resto de la carrera literaria de Mary Shelley. Sin embargo, ella escribió una buena cantidad de novelas. Ahí va una selección:

· Valperga o Vida y Aventuras de Castruccio, Príncipe de Lucca.
· El último hombre.
· The Fortunes of Perkin Warbeck, un romance.
· Lodore.
· Falkner. Una novela.
· Mathilda.


Fuente
Mary Shelley - Wikipedia